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La sindicalista

  • uribediana70
  • 27 feb
  • 2 Min. de lectura

Yo soñaba con defender los derechos de los trabajadores, ser sindicalista era lo mío. Las causas de los desvalidos, los oprimidos y los explotados eran mi razón de ser. Las revoluciones de los años sesenta me inspiraban el corazón, vamos a cambiar el mundo por uno más justo ¡viva la revolución!  Tenía diecinueve  años para ese tiempo. 


Mis viejos me tenían muy aburrida, harta. Mi alma libre era la razón de nuestras rabietas y de todas las tensiones de la casa. Me casé huyendo del hogar paterno. Eso tampoco les gustó, pero yo no aguantaba más la convivencia con ellos y con mis hermanos.  Tuve dos hijos. Amputación de mi libertad, de mis alas, mis sueños.  Como dice la biblia en alguna parte, me arrepiento en polvo y ceniza de esas decisiones.  No soy del tipo de mujer que nació para ser madre, y menos para ser esposa. 


Me separé, y conseguí quien cuidara a los niños: Noelia, Dolly, Nena, Carmen y otras más que ya ni recuerdo. Los fines de semana iba a bailar y a empinar el codo, para ahogar así todos mis dolores y desamores.  Tomaba licor y lloraba  por los indefensos, porque me dolía que no se le respetaran los derechos a la gente. Me lamentaba porque mi causa se perdió en el camino. 


Aun me sigue dando rabia que el gobierno no respete los derechos de los trabajadores, de las mujeres, de los niños. ¡Ay Ay Ay de mis niños!  Mi maternidad no fue para ser vivida en el hogar, ¡soy madre frustrada de  la causa obrera! Deme otro guaro con agua y una rodaja de limón. ¡Qué viva la Libertad!


Mujer mayor. Memoria. Reflexión
Mujer mayor. Memoria. Reflexión

 
 
 

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