A un paso de la frontera
- uribediana70
- hace 18 horas
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Cuento inspirado en el libro “Manual para las Mujeres de la limpieza” de Lucía Berlin
Mi prima está feliz de verme, no sabe que somos tres. Él era mujeriego, pero yo lo amaba. Me dejó por otra. Se fue y nos dejó a Benjamin - su niño- y a mi abandonados. No tengo trabajo, y por eso voy donde mi prima. Cuando le cuento, busca con diligencia una clínica clandestina para que me saque eso. Yo acepto. Ella paga y yo me comprometo a devolver ese dinero.
Me recogen en la frontera, paso al pueblo que está al otro lado, me llevan a una casa grande. El pago por los servicios incluye alojamiento,alimentación , extracción del feto, antibióticos y medicinas; y por supuesto el transporte. Todo está planeado para realizarse en las 24 horas siguientes, después el mismo carro que te trajo aquí, te regresa a la frontera.
Llego a las cuatro de la tarde, me dan algo de comer, hay una habitación grande con muchas camas. Mujeres acostadas que en silencio esperan ser atendidas, que les introduzcan las mangueras para sacar eso que se llama embrión, feto; eso que se llama hijo. Veo el miedo en sus miradas, la tristeza en su rostros, la culpa y la impotencia se pasean por la sala. Muchas vienen del país del norte, como yo. Nos atienden mujeres indígenas, son mayores, vestidas de forma sencilla. No hay bondad en su trato, la indiferencia y el desprecio las acompañan.
Hay una niña de trece años (las otras pueden ser mayores de veinte) está acompañada por su mamá que parece una muerta en vida. Hacia las ocho de la noche llega el médico, habla inglés. Por suerte soy bilingüe. El hombre se da cuenta y me pide que interprete las indicaciones para las mujeres hispanas, en especial a la niña y a su mamá. Me acercó, y en ese momento ella se desmaya, la niña llora. Es un llanto que le ahoga, la abruma. Después de repartir la cena, el doctor ordena a todas acostarse y él inicia el procedimiento indicando que deben quedarse quietas y esperar que las mangueras succionen el saco embrionario. Es muy importante que tomen antibióticos para prevenir cualquier infección.
En ese momento decido que no quiero abortar, me quedo con el bebé, somos tres y tres seguiremos siendo. Dios proveerá. La asistente me mira con rabia, el médico me explica que no hay devolución del dinero y que debo esperar hasta el día siguiente para que me regresen a la frontera. No hay problema. Paso la noche en vela, veo a las chicas vomitar. Las escucho sollozar en silencio. Las enfermeras corren de un lado a otro con limpiones y baldes, tratan a las pacientes con dureza y les reprochan su debilidad.
La niña de trece años, empieza a convulsionar, el doctor no aparece. La madre se desmaya por segunda vez. Las asistentes hacen lo que pueden, la niña se desangra delante de nosotras.
El carro llega antes de lo previsto, trae más mujeres. Yo solo deseo salir de allí y me siento en la silla de atrás. Voy acompañada de otras mujeres a las que les fue bien con su proceso. Es una mañana fresca. Regreso a la frontera decidida a seguir adelante con mi embarazo, no seré ni la primera ni la última. Me recuerdo el slogan de las feministas “I can do”.





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