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María Dolores

  • Foto del escritor: Diana María Giraldo
    Diana María Giraldo
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

 

Así me bautizaron en honor a la Santísima Virgen. Nací en un pueblo al norte de Antioquia, soy hija de india y blanco. Tengo ahora más de ochenta años, y una historia que quiero contar. 


Desde muy niña trabajé junto con mi madre en la hacienda. Siendo muy pequeña aprendí a moler el maíz, hacer arepas y batir el chocolate. Todas las tareas de la cocina me eran propias: cocinar, pelar papas, yucas, plátanos; picar carne, servir la comida para todos los jornaleros.


Pude ir a la escuela por algunas temporadas y aprendí los números y las letras.  Sé firmar.


Soy mestiza, y en mi juventud tuve el cabello lacio y negro como el de mi progenitora. Decían que era bonita y mi madre decidió quitarse de encima a todos los pretendientes que me asediaban, casándome con el mejor postor. Mi esposo era trabajador y hábil con las palabras, un hombre atractivo y entrón. Así, teniendo catorce años me llevaron a la iglesia para casarnos. Nadie me preguntó si yo estaba interesada, si me gustaba, si quería. Nada de eso.


La primera noche de bodas, fue lo más terrible que puede pasarle a una mujer.  El hombre que había elegido mi madre, me violó todas las veces que pudo hacerlo. Tuve varios días de sangrado. Lloré en silencio por el dolor, por el maltrato. Junto con los abusos sexuales, llegaron las malas palabras, los gritos y las amenazas. Se encargó de que yo le tuviera miedo.


Nos fuimos a vivir a la capital, allí nacieron mis cuatro hijos: uno cada año.  La situación no era favorable y mientras él trabajaba manejando un bus de servicio público, yo me dedicaba a cuidar a los niños.  Cada domingo en la mañana, él traía un bulto de comida para la semana. En la tarde se daba un baño, se untaba colonia y salía solo. Siempre fue un mujeriego, tuvo aventuras incontables.


En semana, llegaba cansado y yo debía tenerle todo listo: agua caliente para lavarse manos y pies, la comida caliente, ropa lista para dormir. Si las cosas no cumplían con sus demandas, se llenaba de ira y golpeaba a los niños y a mí. Las golpizas eran frecuentes y sin medida.


Una de las cosas que más le irritaba era que yo tomara su radio y lo llevara a la cocina. Me gustaba escuchar programas radiales mientras cocinaba, limpiaba la casa y planchaba la ropa. El tiempo pasaba y no me daba cuenta de su llegada. Entonces yo enviaba a uno de los niños a poner el radio en su lugar, y aun así no me escapaba de los golpes y los gritos.


Cuando veía las novelas con sus historias llenas de romanticismo, me reía a carcajadas. Realmente no creo en el amor, y de eso también les he ensañado a mis hijos.


Mis hijos crecieron y se fueron pronto de la casa. Me sorprende el coraje que han tenido para resolver la vida, para irse y construir un futuro lejos de aquí.  Las hijas mujeres, pasaron muy malos momentos con él. Era morboso y si yo me descuidaba las vigilaba mientras se vestían. Cuando ellas traían sus amiguitas a la casa, estaban atentas para que su papá no saliera con sus estupideces.


En todos estos conflictos, hemos sido muy reservados. Mis hijos y yo hemos callado la ignominia de este mal hombre. Ellos cargan mucha ira contra el viejo. Y lo que hacen por él, es movido solo por la moral, no por el amor y la gratitud. Igual “ya lo pasado, pasado”.


Con el dinero que me enviaron mis hijos, organicé la casa y me construí una habitación en el primer piso. Lejos de él. Tengo mi televisor, mi radio, mi cama y por supuesto dinero para gastar como yo quiero. He podido visitar a mis hijos, y conocer otros lugares. Fueron ellos, lo mejor que me pasó en la vida, todo lo hermoso, lo bueno y lo bonito vinieron con cada una de sus vidas.


No supe nada del amor de un  hombre, no experimente estar enamorada, no supe del placer. Ahora tanto él como yo, esperamos la muerte. Si hay un Dios, Él juzgará todas las cosas.


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