Fiesta Póstuma
- Diana María Giraldo

- 22 jun 2021
- 3 Min. de lectura
El otro día visitando los amigos y conocidos de mi nuevo hogar, me encontré con esta historia bella, que prometí escribirla en honor a su protagonista: Don José Alonso.
Don José Alonso, nació en Rionegro. Hijo de Don Marcos Antonio y Doña Débora, familia paisa de pura cepa, de muchos hijos, amantes de la tierrita y trabajadores incansables. Lo que Don José aprendió, lo aprendió de la vida misma porque no fue posible ir a la escuela. No aprendió a leer y menos a escribir. Sus manos le sirvieron de mucho, pues no solo cultivó la tierra, sino también criaba cerdos y otros animales del campo. Don Marcos le enseñó el trabajo de la herrería, y así aprendió a elaborar objetos de hierro como hachuelas, chapas, cinceles, punzones y otras herramientas más.
Se casó con Bertha Tulia, a quien le decía Bertica, y con ella tuvo seis hijos. La vida no fue fácil. Dicen que le hizo varios quites a la muerte, y que tenía más vidas que un gato; pero esta es otra historia.
Era un hombre trabajador, sencillo, amable y conversador. Sus rutinas eran claras, especialmente los domingos: visitaba a Dios en tres iglesias distintas; y luego se marchaba a su casa para almorzar con sus hijos y nietos. Siempre estaba listo para darse un paseo, solo o acompañado. Caminaba ya lento, mientras saludaba a la gente que se encontraba en el camino, y miraba a alguna muchacha bonita que se le apareciera por ahí.
Cuando se fue la compañera de su vida, las fiestas y las reuniones sociales y familiares se le hicieron algo poco grato; y les decía a las entusiastas de sus hijas cuando se aproximaba alguna celebración: “Cuando me muera, hacen fiesta”. El año que Bertica murió, a Don José le tocó ser fuerte porque en ese mismo tiempo tuvo que despedir a una nietecita, y a cuatro de sus hermanos. Mucho dolor junto, para un roble como él.
Todos en la familia lo cuidaron con amor y dedicación después de su viudez. Su salud se mantuvo buena por mucho tiempo, pero como decía su doctora de cabecera “a los abuelos cuando se le presenta una enfermedad, se presentan todas las otras con ella”; y uno termina atendiendo problemas mayores.
Cumplía años el viernes dos de agosto, y las hijas invitaron a toda la familia y los amigos para celebrar el cumpleaños del abuelo el sábado tres de agosto. Ya habían hecho las celebraciones del año: fiesta de reyes, bautismo del bisnieto, día de la madre, día del maestro, grados de la nieta mayor, cumpleaños del primer semestre, y las demás festividades. Él insistía en lo mismo: “Dejen esa celebradera, que cuando yo me muera hacen la fiesta”.
El viernes dos de agosto, no querían que pasara desapercibo. Así que, compraron una pequeña torta y los de casa y algunos amigos del grupo del adulto mayor, cantaron: ¡Qué los sigas cumpliendo…hasta el año 3000! Los preparativos para el sábado iban adelante: una de las hijas, con manos prodigiosas, había preparado la torta envinada. La champaña (una de las bebidas favoritas del patriarca) la traería el nieto mayor. Las dos hijas, tenían en adobo el cañón de cerdo, ya habían comprado los ingredientes para el arroz y la ensalada. Uno de los yernos traería un trío para amenizar la fiesta.
Don Alonso se empezó a sentir mal en la noche, no parecería nada serio. Le dieron sus medicamentos de rutina. En la madrugada, se sintió muy mal. Las hijas que vivían con él lo atendían, estaban muy preocupadas. Al abuelo le temblaban las manos, sudaba muy frío y con voz clara les dijo: “Hijas, ya me voy”. Una de ellas, tomó sus manos y le dijo: “Papito, váyase tranquilo. Allá en la Casa de mi Diosito, usted no tendrá más dolores; vaya papito y encuéntrese con mamá”.
El abuelo, se fue quedando dormido y exhaló su último aliento; murió a las 6:00 de la mañana.
La conmoción fue total, todos esperaban ese día celebrar los 85 años y terminaron velando al abuelo. Lo vistieron con el “cachaco” que iba a usar ese día en la fiesta. El domingo después del entierro, la familia invitó a los familiares y amigos a comer a su casa. Las hijas con ayuda de las nietas, sirvieron primero la torta del cumpleañero con la copa de champaña. Al rato, en bandejas trajeron para los invitados la cena: arroz dulce con cabello de ángel, cañón de cerdo con salsa de champiñones, ensalada verde y gaseosa.
Todos allí reunidos, comentaron sobre buenos recuerdos alrededor de la vida de José Alonso. Conversaron sobre sus cualidades, y los valores que enseñó con buen ejemplo a la familia. Pero, el tema principal fue sobre todo, su advertencia: “Cuando me mueran hacen la fiesta”. Cenaron con sentimientos encontrados de tristeza y alegría. Era una fiesta póstuma, en honor a un gran hombre.









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